Algunos fotógrafos de lo que se conoce como fotografía documental* padecen esta visión estética de los hechos. Pareciera que esta característica le resta credibilidad y veracidad a lo que acontece. Algunas fotografías documentales poseen una belleza que trasciende el hecho fotografiado. Pereciera que ese poder que tiene la fotografía de acercar los acontecimientos se desvanece en la belleza de la imagen. Las fotos nos enseñan los hechos más terribles y grotescos, pero nos demuestran que la belleza existe por doquier. “En efecto, el triunfo más perdurable de la fotografía ha sido su aptitud para descubrir la belleza en lo humilde, lo inane, lo decrépito. En el peor de los casos, lo real tiene un pathos. Y ese pathos es la belleza. (La belleza de lo pobre, por ejemplo.)”
Esta es una enigmática condición de la fotografía (de lo fotográfico) que resulta inquietante: ¿cuál es, entonces, la diferencia entre embellecer la realidad y mostrarla tal cual es, sin máscaras?
La imagen fotográfica ha venido a transformar la manera de ver los hechos. Pero hay que tener en cuenta, “las cámaras son el antídoto y la enfermedad, un medio de apropiarse de la realidad y un medio de volverla obsoleta.” Sea cual sea la relación que la fotografía establece con la realidad (acercamiento-distanciamiento) es innegable que ha generado profundos cambios en la Historia, en el Arte, en la prensa, pero más allá de eso, ha venido a cambiar la forma en que vemos el mundo. Poseemos ahora otra manera de mirar. Una manera de mirar que nos ha cambiado a nosotros.
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El texto es mío, es sólo un breve fragmento de lo algo que aún estoy escribiendo...
Las fotos son de uno de mis favoritos: Pieter Hugo



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